07 Dic RELATOS- MARTON 17: DESCUBIERTA

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Relato de Xisco Calafat.

Pasaban los días y Mirón seguía sin comer.

No deberías encariñarte de un mono, me había dicho Qarsan; esos animales son peligrosos cuando se enfadan, créeme. Cuidarás de él. Lo alimentarás y lo cepillarás. Y te asegurarás de que luzca en perfectas condiciones cuando crucemos el mar y le encontremos comprador. Si haces bien tu trabajo, no te mataré, había zanjado entre carcajadas aquel indeseable. Pero Mirón no lucía en perfectas condiciones. Todo lo contrario: se apagaba, como las velas que cada noche le dejaba junto a la mazmorra que colgaba de un árbol cada vez más solitario, en un bosque cada vez más muerto. Su mirada, entonces ausente, evidenciaba el rumbo que habían tomado sus pensamientos, evocando probablemente tiempos pasados, cuando quizás él mismo había sido testigo del encarcelamiento de sus seres queridos; cuando quizás aquellos mismos hombres lo habían dejado completamente solo.

Desistí de liberarlo tras varias noches tratando de abrir el pesado candado que cerraba la jaula. Tampoco yo era libre. El grillete que me asía del pie estaba unido a una cadena de unas cinco varas de eslora que, en el extremo opuesto, otro candado cerraba en torno al mismo árbol del que pendía Mirón. Tenía el espacio suficiente para moverme alrededor de la jaula, pero nada más; y, aún así, tenía mucha más libertad que él. Ambos candados permanecían siempre cerrados por orden del gordinflón, así que debía introducir los brazos entre los barrotes de la prisión para lavarlo y cepillarlo con los enseres que me habían proporcionado, así como para dejarle la comida y el agua que Mirón apenas ojeaba. Pese a mis intentos, no conseguía que probara bocado. Qarsan me visitaba a menudo, cada vez más disgustado, asegurándome que si no conseguía que el mono comiese de una maldita vez pronto acabaría con los dos.

Tienes que comer, solía repetirle yo; tienes que comer o nos matarán. Su triste mirada me hizo comprender finalmente lo que parecía querer decirme: que comiese o no, moriría al fin y al cabo, pues le habían arrebatado no sólo a su familia, sino también su libertad. Y supe que si llegaba el día en el que aquello sucediera yo también moriría con él.

No podía permitirlo.

No iba a permitirlo.

Durante los siguientes días no me aparté de su lado. Apenas dormía. Aferrado a los barrotes de su celda le susurraba historias. Le hablé de nuestra amistad, de las cosas que habíamos vivido juntos desde mi llegada a la isla y de Jacayl, a quien todavía no habían capturado. Él me miraba; me escuchaba. Y me comprendía, lo sé. Me situaba frente a él y, sonriente, me comía los frutos que los patanes me dejaban, con la esperanza de que él hiciera lo mismo. Le hacía bromas y le aseguraba que saldríamos de esa, que debía confiar en mí.

Los gritos que lanzaba un hombre me despertaron en mitad de la noche. Pronto a esa voz se sumaron otras, incluida la de Qarsan, que daba órdenes aquí y allá. Me pregunté qué podría estar sucediendo, sin entender, todavía soñoliento. Entonces vi a Mirón. Estaba de pie, agarrado a las barras de su jaula, en actitud desafiante y mostrando sus dientes. ¿Qué ocurre?, pregunté, consciente de que nadie respondería a la pregunta. Cuando me acerqué a él, había algo diferente en su mirada. Yo seguía sin comprender.

Al cabo de un rato de gritos, desconcierto y confusión, el gordinflón se acercó a mí y me dijo: ¿quién diablos es? Mi cara debió ser de puro desconcierto, ya que seguía sin tener idea de lo que estaba sucediendo, pero aún así, Qarsan insistió, cada vez más furioso: chico, o me dices ahora mismo quién rondaba por mi campamento o te mato aquí mismo. Jacayl, pensé yo, conteniendo la respiración. El hombre me miró un instante antes de abofetearme con dureza. Caí al suelo y Mirón chilló. Yo pensé que aquél era el final, pues no iba a delatar a mi nueva amiga, pero Qarsan dio media vuelta y desapareció en la oscuridad, profiriendo órdenes a voz en grito.

La buscaban a ella, no había duda, comprendí entonces. Debía haber aprovechado la negrura de aquella noche cerrada para tratar de acercarse a nosotros, y había sido vista. Y ahora era perseguida por decenas de hombres ataviados con antorchas.

Supliqué a los dioses que no la encontraran.

Cuando amaneció, Qarsan apareció de nuevo. Estaba visiblemente irritado, y su sempiterna sonrisita había desaparecido. No vas a hablar, dijo; no importa. Quienquiera que sea que estaba contigo en esta maldita isla, le encontraremos. Y ahora, haz que tu estúpida mascota coma de una puta vez o te juro que la despellejo aquí mismo y me hago una alfombra. Cuando se marchó miré a Mirón; sus labios no sonreían, pero sí sus ojos. Se agachó y comenzó a devorar la comida que le había ido dejando en el suelo de su celda, y algo me dijo que la amenaza de verse convertido en alfombra no había influido en aquella decisión. Tal vez el bofetón que me había llevado anteriormente había tenido algo que ver; o tal vez no habían sido los patanes lo únicos en ver una sombra moviéndose en la oscuridad.

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