23 Jun RELATOS. MARTON 6. EL OBSERVADOR

Relato de Xisco Calafat.

Marton 1.// Marton 2.// Marton 3.// Marton 4. // Marton 5.

Me desperté con los primeros rayos del sol, que agradecí, pues amanecí helado; comprendí que aquél no era lugar para pasar la noche, así que decidí buscar refugio en adelante al abrigo de los bosques y no volver a dormir al raso. Miré hacia el resplandor que irradiaba el horizonte, al Este, y quedé absorto: el espejo sobre el que se desparramaban los tonos cobrizos me cegó la vista, hasta que mis ojos se hicieron a aquella hermosa luz. Utilizando las manos como parasol, contemplé cómo despertaba la isla y cómo se coloreaban sus formas. Me desperecé y caminé hasta el filo del abismo, donde me senté a otear. El frío que había congelado mis huesos horas antes desapareció con la misma rapidez con la que se elevó el sol sobre el océano, que amanecía pintado nuevamente de blancas espumas, las mismas que me habían catapultado por la borda a mi llegada a la isla, a modo de bienvenida. Tsuo-Po, musité, estremecido.

El calor no tardó en empaparme la frente; las gotas se deslizaron por mi rostro y me empañaron la mirada. Me sequé con el antebrazo y me levanté, dispuesto a explorar la que parecía que iba a convertirse en mi nueva casa.

Y volví a notar su presencia.
Había alguien más allí; podía sentirlo.

Giré la cabeza bruscamente, como si fuera a aparecer tras de mí algún ser ataviado con afilado acero, dispuesto a darme muerte. Pero no vi a nadie. Volví a girarme. Miré nerviosamente en todas direcciones, convencido de que corría un grave peligro, pero en aquella cima tan sólo estábamos las rocas, los pocos árboles que coronaban el pico y yo. Eché un vistazo rápido hacia abajo y todo parecía en calma. El corazón me dio un vuelco cuando creí avistar un barco acercándose a la costa por el Oeste, pero pronto comprendí que se trataba de un islote de los muchos que flanqueaban el litoral por aquel costado de la isla. Ya no sudaba sólo debido al intenso calor. Decidí que era momento de descender.

Cuando llegué a la laguna me acerqué a sus lindes y me refresqué; y volví a maravillarme con el entorno que se erigía frente a mí, majestuoso. Al cabo, recargué la bota con agua fresca y continué el descenso, y seguí notando aquella inquietante presencia; aceleré el paso, mirando continuamente hacia atrás y a cada lado. Al llegar al bosque no lo penetré, sino que caminé bordeándolo, adentrándome en la isla. Contemplé el vasto terreno por el que corría el valle, colmado de infinidad de flores de mil colores que danzaban con el ligero viento. Di con una zona de árboles cargados de pequeños frutos rojos y negros, y mi estómago me habló; ¿cuándo había comido por última vez? Habían sucedido tantas cosas desde mi forzado desembarco que apenas lo recordaba. Cogí una de las bayas rojas que pendían de una baja rama y la olfateé; ¿sería comestible o venenosa?, ¿cómo podía saberlo? Traté de examinarla: la froté contra mi antebrazo, aplastándola, y esperé un rato, para ver si su salvia provocaba algún tipo de reacción en mi piel. No noté nada raro. Cogí otra y me la acerqué primero a los labios y después a la lengua, introduciéndola en mi boca, sin masticarla. Seguía sin percibir nada extraño, así que la mastiqué, sin tragarla. Y, finalmente, tragué un poco de la sustancia que de inmediato endulzó mi paladar. Repetí los mismos pasos con una de las bayas negras y concluí que los frutos de aquel árbol no tan sólo eran comestibles, sino que estaban deliciosos; pero no quise apresurarme, así que decidí dejar pasar unas horas hasta volver a ingerirlos, por si había algún riesgo de enfermar. Llené mis bolsillos de la camisa con los frutos y opté continuar hasta la playa, pescar algo de inmediato y saciar el hambre, que se iba intensificando con rapidez. Y caminé. Llegué a un vado y lo crucé andando, descalzándome las sucias botas que aún seguían llenas de barro. Había guardado el dibujo de la isla en mi cabeza, así que me ayudé de las montañas y del sol para guiar mis pasos nuevamente hacia la playa donde había naufragado. Pero, cuando me disponía a introducirme en el que supuse sería el tramo de bosque que me separaba del litoral, recordé la mirada de la serpiente y me detuve en seco.

Si éste va a ser tu hogar, no le debes tener miedo, me dije. Aunque seguía aterrado.
Desenvainé el cuchillo del cinto y lo blandí frente a mí, y, con la esperanza de no encontrarme con los ojos de la criatura verde, crucé la maraña.
Cuando ya alcanzaba a vislumbrar los brillos del océano, algo sonó en lo alto de los árboles, haciendo que me agachara instintivamente y levantara la mirada hacia el cielo, que estaba completamente cubierto de una maleza que se agitó.
No es el viento, me dije, y eché a correr.

Al escapar de las fauces del bosque y emerger en la playa, me volví nuevamente, escudriñando las copas de los árboles, tratando de comprender y tratando de mantener el control.

–¿Quién eres? –grité.
Pero nadie contestó.
Tragué saliva y apreté el mango del machete, que sentí húmedo bajo mi piel. Avancé de nuevo hacia los árboles, horrorizado.
–¡Sal de ahí! –bramé.

Y el sonido que el bosque me devolvió erizó mi piel. Recuerdo caer al suelo de espaldas, recuerdo soltar el cuchillo y recuerdo aquellos ojos, observándome desde la oscuridad que se cernía bajo la espesa vegetación.

 

Para ilustrar este texto se han utilizado imágenes de la película Song of the Sea.

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