03 Feb RELATOS. MARTON 3. LA ISLA (PRIMERA PARTE)

Relato de Xisco Calafat.

Marton 1.// Marton 2.

Nada más penetrar en el espesor de aquellos bosques, cerré los ojos y escuché: el suave encuentro del océano y la orilla a mis espaldas; los pájaros; el roce entre las hojas, fruto del vaivén que la brisa marina le otorgaba a la arboleda; mi respiración. El temor a lo desconocido y la excitación previa a la aventura discutían en mi cabeza, allá donde la sensatez pedía ser escuchada y la imprudencia propia de la edad hablaba a gritos. Finalmente fue mi espíritu aventurero quien zanjó el debate.

Abrí los ojos y miré el cuchillo que sujetaba mi mano derecha, implorando en su hoja el valor que necesitaba. Respiré profundamente y me adentré en ese extraño paraje.

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Y al tercer paso que di, mi gallardía se encontró cara al peligro:

La serpiente que enrollaba su cuerpo a la rama que caía frente a mis ojos era grande, reluciente y verdosa; y, pese al respingo que di al verla, no se movió. Recuerdo un escalofrío acompañado de sudor. No la vi hasta que estuve a un palmo de ella, pues el verde esmeralda de su piel se camuflaba en la densa vegetación. Permanecía aparentemente ajena a mi presencia, aunque ahora sé que esa apariencia es el señuelo que utiliza ante sus presas: su color las desorienta; su quietud las relaja. Y, cuando la víctima cree que todo está en calma, la mortífera ataca: con un movimiento rápido y preciso se lanza sobre su presa, y, tras un mordisco certero, la envuelve con su cuerpo, hasta que, con la fuerza de sus músculos, acaba con ella.

Es hermosa. Es letal.

Durante el tiempo que pasé en la isla pude observar cómo cazaba. Acabé comprendiendo que yo no le interesaba lo más mínimo, pues se alimenta de ratones, pájaros y otros pequeños animales a los que, su encuentro, conduce a la desgracia. Sin embargo, en aquel primer encontronazo nuestro, los músculos de mi cara se tensaron y mi corazón golpeó con violencia mi pecho. Sentí que me paralizaba.

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Cuando fui capaz de dominar mis nervios, di un paso atrás, y, despidiéndome de ella con la mirada y con alivio, regresé a la playa.

Decidí tomar una ruta más segura, así que caminé sobre la arena, siguiendo la costa. Cuando ya llevaba un buen rato caminando, llegué a unas rocas que me impidieron avanzar. Miré hacia atrás y no vi la Tempestad, pues el litoral había ido virando suavemente hasta hacerla desaparecer de mi vista. El sol brillaba alto en el cielo y comenzaba a hacer mucho calor; miré hacia el mar cristalino que se extendía a mis pies y sentí su llamada, que incitaba al chapuzón. Me quité las botas y la ropa, me quemé los pies con la fina arena y corrí a fundirme con el océano.

Y, por primera vez desde mi llegada a la isla, sonreí.

Desde las cálidas aguas que bañaban aquel hermoso lugar miré el bosque: coloreado con la infinidad de tonos verdes y marrones con que los árboles perfilaban el cielo; la arena: brillante y blanquecina; y las montañas: dos gigantes centinelas, erigidos por los dioses como vigilantes de un Océano Olvidado, en un paraíso perdido.

Me sentí muy pequeño a su lado.

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Y volví a temer no estar solo en la isla; quizá desde allí arriba habían contemplado mi llegada, y quizá desde allí arriba me habían estado vigilando, expectantes. Reavivé de nuevo las historias de mi padre, fletadas siempre con malvados piratas, y me estremecí. Hundí la cabeza en el agua hasta los ojos, como si de esa forma fuera a huir de miradas furtivas. Si había alguien más en la isla, tenía que encontrarle antes de que me encontrara a mí, pensé con desasosiego; debía ocultarme con sigilo hasta cerciorarme de no estar en peligro.

Salí del agua, me vestí y me colgué el cuchillo al cinto. Caminé hasta las rocas y trepé por ellas.

Cuando llegué arriba vi la playa a mis pies, flanqueada por el bosque y el mar; del otro lado, las rocas volvían a descender, abruptas, para formar una pequeña cala de arena y piedra. Tras ella, un vasto terreno de hierba y baja vegetación se abría paso hasta extenderse varias leguas. Por él, un tímido riachuelo serpenteaba hasta desembocar en un lateral de la cala: el opuesto a mi situación. Resolví que aquel terreno era el lugar idóneo por el que caminar sin la necesidad de abrirme paso a golpe de machete. Miré al centinela que se alzaba ante mí y tragué saliva.

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Al cruzar el vado, el bosque nuevamente me dio la bienvenida: espesura, olor dulce y pesado, inquietud. Y sus sonidos volvieron a llenar el aire. Esta vez no me quedaba más remedio; si quería alcanzar la cima debía acallar mis temores y adentrarme en ese oscuro terreno que ya infundía en mí miedo y respeto.

Caminé con paso inseguro entre las ramas y arbustos sin mostrar el filo del cuchillo; pensaba que, cuanto menos molestara al bosque, menos me molestaría él a mí. Avanzaba lentamente y con los ojos bien abiertos, atento a no encontrarme cara a cara con piratas o con aquello a lo que entonces también consideraba mi enemigo.

Vi pájaros, ardillas, sapos, insectos; el bosque estaba vivo.

Y, durante un fugaz instante, se tapó el sol.

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Me volví rápidamente, y cuando miré hacia arriba, no vi nada. Las oscuras ramas que se dibujaban bajo el cielo se agitaban lentamente, como si algo las hubiera sacado de un profundo letargo y luego hubiera huido. Habrá sido un pájaro, pensé; o una nube. Me sentí vigilado y miré bruscamente en todas direcciones, tratando de encontrar los hostiles ojos que ya notaba clavados en mi espalda. Pero no vi nada. Avancé, esta vez con paso decidido, aunque temblaba; mi mirada se debatía entre el suelo y las copas más altas.

Ascendí a toda prisa una pequeña colina, buscando desesperadamente a un observador que en mi imaginación vestía calzones de encaje arremolinados en las rodillas y jubón de bordados; ropa de pirata.

Al llegar a lo alto del desnivel, tropecé.

Cuando desperté, mi cara yacía sobre la humedad que impregnaba el agujero, allá donde la tierra embadurnaba mi boca.

Para ilustrar este texto se han utilizado imágenes de la película Song of the Sea.

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