10 Dic RELATOS: MARTON 1. EN MITAD DEL MAR

Ilustraciones de Katsushika Hokusai.

La vida está llena de historias, todos guardamos una dentro de nosotros y esa se divide en otras más pequeñas. Los relatos siempre han estado presentes dentro de las revistas de surf para hacer llegar valores y compartir vivencias, un momento de break para pensar y zambullirnos en otra realidad. Desde Surfer Rule, hemos querido retomar esta tradición para desconectar de todo y conectar contigo os dejamos con Xisco Calafat y su primera cápsula del tiempo.

1. El día que me quedé solo

Cuando arrojé su cuerpo por la borda sentí que una parte de mí se hundía con él. Mientras observaba cómo desaparecía bajo las calmadas aguas del océano, pensé en que siempre permanecería allí, donde siempre quiso estar. Y en ese momento supe con certeza que mi corazón jamás se alejaría del mar.

Por aquel entonces yo tenía doce años.

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Dos días antes de entregarlo al océano embarcábamos a bordo de la Tempestad, una barcaza pesquera de ocho varas de eslora por tres de manga y de un único mástil; dura como el invierno en alta mar y lenta como los cambios de marea, pero sólida ante las tormentas y estable en la navegación. A él le encantaba. Solía decir que ninguna otra surcaba los mares como ella; ahora sé que tenía razón.

Mis primeros recuerdos son a bordo de la Tempestad: Los gritos de mi padre, los consejos de mi madre, la absoluta felicidad. Solíamos salir a pescar. En aquella época el pescado se vendía con relativa facilidad –el mundo aún no estaba en guerra y la gente lo podía pagar–. Nosotros apenas parábamos en tierra firme, pues siempre izábamos velas y nos hacíamos a la mar. Con apenas cuatro años ya llevaba la caña del timón. Ellos me daban órdenes desde ambos costados del barco y yo disfrutaba de mi labor. Aprendía rápido. No tardé en conocer cada tarea de a bordo; cada nudo, cada maniobra. Me gustaba imaginar que éramos unos temidos piratas que saqueábamos barcos por doquier… Supongo que me influenciaron todas aquellas historias que mis padres me contaban antes de dormir. Los años pasaban y yo era feliz.

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Luego ella murió. Y al poco él enfermó.

–Acércate, muchacho. Quiero hablar contigo –me dijo él antes de zarpar, aquella última vez que embarcamos; y cuando me acerqué le vi escupir sangre por la borda–. Es el momento de reunirme junto a ella. Me muero, hijo. Ahora tienes que ser fuerte. Debes ser un hombre.

Aunque yo era sólo un niño.
–¡Pero no pienso morir sin navegar! –zanjó mi padre.
Deseaba hacerlo en alta mar. Se había pasado la vida entera surcando los océanos, y

en ellos quería ver su final, así que habíamos preparado la Tempestad e íbamos en busca de su última tormenta.

Zarpamos. Pronto el velamen absorbió el viento de través por estribor y la Tempestad echó a andar, desplazando una gran cantidad de agua y escorándose levemente a babor. El cielo se teñía de un gris amenazador, augurando mala mar y grandes olas. Yo estaba a proa, en el lugar que tantas veces había ocupado desde que comenzara a caminar. Él gobernaba la barca y escrutaba el horizonte, y ambos sabíamos que se acercaba el final. Su final.

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Cuando el mar comenzó a chocar con fuerza contra el casco recogimos trapo y él gritó su nombre: Lahna, el amor de su vida; mi madre.

Recuerdo llorar, gritar y maldecir, y sentir un miedo atroz. Sin embargo, no era de la tormenta de lo que sentía pánico, sino de la soledad.

La lluvia caía, igual que lo hacía el sol, así que las olas más grandes juguetearon con nosotros en mitad de la noche. Yo saboreaba la sal con la que el viento impregnaba mi boca tras cada salpicadura, mientras él deslizaba con destreza la barca entre el oleaje. La Tempestad aguantaba bien las sacudidas. Mi padre sabía navegar; era un experto.

Recuerdo cómo me miraba, con esa mezcla de fortaleza y afecto que tanto le caracterizaba, mientras me aseguraba, con su media sonrisa, que todo iba a salir bien.

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–Estarás bien, hijo. Te hemos enseñado todo lo que debes saber para ser un buen hombre –decía.

Recuerdo su caricia, la calidez de sus frías manos y su áspera piel. Recuerdo el sol saliendo sobre el mar esa mañana, y la suave brisa tras la tempestad.

Pasamos todo el día pescando, charlando… recordando. Él seguía escupiendo sangre y tosiendo; luego se volvía hacia mí y me sonreía, quitándole importancia con un gesto.

–No me duele –decía–. Estoy listo. Que los dioses me acojan en los mares del Alharan, junto a ella. Estoy listo –repetía–.

Estaba listo. Yo, no.

Deseaba reunirse con mi madre, aunque sé que lo atormentaba despedirse de mí y dejarme solo. Aquella noche yo quise creer que de esa enfermedad se curaría; que lo superaría, igual que habíamos superado la tormenta la noche anterior, y dormí tranquilo.

A la mañana siguiente no se despertó.

Hoy vuelvo la vista a aquellos días y sonrío, pues gracias al amor que me dieron mis padres soy el hombre en el que me he convertido.

Me llamo Marton y ésta es mi historia:

info@surferrule.com

Más que surf, olas gigantes y tendencias Surfer Rule, revista de referencia del surf y el snowboard en nuestro país desde 1990, promueve los valores, la cultura y las inquietudes de todos los que amamos los boardsports.

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