22 Dic RELATOS – MARTON 10: EL JUEGO DEL NIÑO Y EL MAR

Marton 1.// Marton 2.// Marton 3.// Marton 4. // Marton 5. // Marton 6. // Marton 7 // Marton8 // Marton9 //

Relato de Xisco Calafat. // Ilustraciones de la película “Song of the Sea ”

 

Un acantilado submarino. La monstruosa masa de agua que se arrastraba cientos de leguas por el océano chocaba violentamente contra un afilado abismo, oculto bajo las aguas, frente a la isla. Los centinelas apostados en tierra firme, custodiando el lugar en forma de montañas, llevaban observándola desde tiempos ancestrales, vibrando con su rugido atronador. Yo apenas había pasado unos meses sintiendo su poder, y ya estaba completamente prendado de ella.

A los pocos días, regresó.

Esta vez no era tan grande y estremecedora como otras veces, sino que se elevaba unos seis pies por encima del agua; así que decidí adentrarme en el mar con mi pequeña embarcación y acercarme, una vez más, a ella. Volví a aguardar frente a la ola, sentado, observándola. Aquel día parecía estar invitándome a revolcarme entre sus espumas. Hacía calor; el sol brillaba con intensidad en un cielo despojado de nubes y yo necesitaba algo de diversión.

Es la hora, me dije. Remando nuevamente, la rodeé, hasta situarme en el punto desde donde se elevaba. Al llegar, el silencio me asedió. ¿Dónde está?, recuerdo que pensé. De pronto, algo tiró de mí con fuerza y salí catapultado hacia delante, impactando fuertemente contra el agua y tragando algo de ella. Miré a ambos lados, buscando la balsa, y la encontré a escasos pies, tras de mí. Había que volver a intentarlo.

El objetivo era que la ola me deslizase, como lo hacía la Tempestad en alta mar con el  empuje del oleaje –aunque el diseño de ésta había sido ideado para la navegación, y el de mi tabla de madera dejaba mucho que desear–. Aun así, debía seguir intentándolo.

Volví a remar hasta el lugar donde se alzaba la ola, una y otra vez; y una y otra vez me zarandeó entre sus espumosos brazos, revolcándome bajo sus aguas. Cayó el ocaso y Tsuo-Po se marchó. Yo salí del agua y, sentado junto a Mirón en la arena de la playa, mirando al mar, dejé que la noche nos envolviera. Y ese día volví a ser feliz.

Desde entonces no hacía otra cosa que dormir, comer, hablar con Mirón –quien me escuchaba atentamente, sin parecer estar entendiendo absolutamente nada de lo que le contaba– y juguetear con las olas, sobre mi tablón. En los días en los que la ola estaba grande, simplemente la miraba desde la orilla, dejando pasar las horas.

–¿Tú no te metes? –le decía a mi peludo compañero.

A veces, Mirón me sonreía, y yo me preguntaba si no me estaría entendiendo y riéndose de mí. Otras, en cambio, me miraba muy serio, asustado.

–No, claro. Tú nunca te metes. Le tienes miedo –me respondía yo, sobrecogido.

A Mirón le gustaba meterse en el mar y refrescarse, pero sólo hasta cierto punto. Los días en los que dormíamos en la barcaza y la marea estaba alta, el agua nos empapaba hasta la cintura, y él, agarrado de mi mano, llegaba hasta nuestro varado hogar sin problemas. Sin embargo, cada vez que Tsuo-Po rugía con furia, en sus ojos se percibía el mismo miedo que se debía percibir en los míos. Y no era para menos. En esos días, la tabla que utilizaba para revolcarme entre las aguas permanecía también varada en la orilla –igual que la Tempestad–, esperando a que la bestia se calmase.

No tardé en conseguir que las olas me llevaran. Tumbado en la madera y agarrado con firmeza a ella, me deslizaba a toda velocidad por el agua, sintiendo la energía que el océano descargaba en cada movimiento de mar. Estaba confinado en la isla, con la única compañía que me proporcionaba un silencioso chimpancé, y nunca me había sentido ni tan libre ni tan feliz. Pese a anhelar la compañía de mis padres, amaba aquella soledad, que me había obligado a valerme por mí mismo y que me instaba a conectar con la naturaleza. Con la tierra y el mar.

Estaba pensando en todas esas cosas, sentado en mi tablón, cuando, de pronto, en el horizonte, vi cómo se oscurecía el cielo, muy al norte de mi posición. Los rayos caían entre tinieblas, sobre lo que me parecieron unas velas tan negras como las aterradoras nubes que las sitiaban. Piratas, volví a pensar, y volví a estremecerme, como tantas veces había hecho al pensar en aquella odiosa palabra. Salí del agua a toda prisa y corrí hacia mi refugio.

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