12 Oct RELATOS-MARTON 16: LA INCERTIDUMBRE

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Relato de Xisco Calafat.

Me quedé paralizado.

Así que era eso, me dije; a eso se dedicaba el gordinflón para el que había empezado a trabajar, en contra de mi voluntad. Por eso estaba tan alterado Mirón, recordé; por eso había gritado de aquella manera cuando apareció el barco. Comprendí que no era la primera vez que el Capitán Qarsan y sus hombres desembarcaban en la isla. Si esos maleantes se dedicaban a capturar animales y a conseguir oro con ellos, no había la menor duda de que ése era el motivo por el que Mirón estaba solo cuando lo encontré. No tenía familia porque se la habían arrebatado; y ahora él era el último de entre los suyos en Oylhia.

Les iban a dar una fortuna por él, había dicho el patán.

Me negué a creer que hablaran de Mirón.

Esa noche no pude pegar ojo, y no fue por el dolor que me producía el grillete que el Capitán les había ordenado a sus hombres ponerme al pie para que no escapara, sino por el que me producía saber que mi mejor amigo había sido capturado por el desalmado que quería comerciar con su vida. Me pregunté, incrédulo, quién pagaría por él; y lo que era más inquietante: ¿con qué fin? Recordé la compañía circense y las palabras de mi padre, hablándome de aquellos seres tan inteligentes traídos de lugares tan remotos. Tan parecidos a nosotros; tan diferentes. Me estaba anticipando, me dije; tal vez a quien habían capturado no era a Mirón. Él estaba con Jacayl, a salvo.

Sin embargo, si no había sido a él, ¿a quién?

Haces demasiadas preguntas, niño, fue la frase que más me repitieron durante el día siguiente. Los patanes se reían de mí, me insultaban y me calentaban la cara a manotazos. Yo traté de averiguar por todos los medios a qué o a quién se habían referido las palabras que el tipo bajo y con cara de rata había escupido la noche anterior, no obstante en vano, pues nadie soltaba prenda.

Los trabajos en la Tempestad avanzaban deprisa, pues muchos éramos los que clavábamos, cortábamos, subíamos y bajábamos, y antes de que cayera la noche la barcaza ya descansaba en la arena, apoyada en diversos troncos, lista para su reparación. Esa noche devoré la cena y caí rendido.

Me despertó un puntapié, aunque dudo que fuera el primero.

¡Que despiertes, holgazán!, gritaba el jefe; ¡despierta de una vez! Tenemos trabajo que hacer. Aquello era peor que una pesadilla: capturado por delincuentes que se dedicaban a la caza y venta de animales, y a dioses sabrán qué otros quehaceres, con la incertidumbre de si Mirón sería el siguiente y de si Jacayl estaría bien; y trabajando de sol a sol en la reparación de lo único que me quedaba de mis padres y que también querían arrebatarme.

El sol brillaba en el cenit cuando apareció un nuevo patán en la playa. Observé cómo conversaba con el jefe y cómo ambos me miraban, e, instantes después, un gesto del mandamás me instó a dejar lo que estuviera haciendo y a presentarme junto a él. Te largas, me dijo al acercarme; el Capitán quiere verte.

Me había pasado el camino de vuelta al campamento principal pensando en el modo en el que debía actuar cuando me encontrara cara a cara con Mirón. Es mejor que el Capitán no sospeche que es mi amigo, convine; pero Mirón gritará al verme y nuestra amistad quedará al descubierto, sospeché. Lo mejor es que le suplique que lo libere, que trabajaré para él si lo hace; pero aquello era una estupidez, ya estaba trabajando para él. ¡Entonces lucharé! Otra estupidez, y ésta aún más grande. No dejaba de darle vueltas al asunto, tratando de saber cuál era la forma más inteligente de resolver la situación, o al menos de afrontarla. ¿Qué habría hecho mi padre?

Al llegar al campamento no vi a Mirón, así que supuse que lo habrían encerrado en alguna tienda, o que tal vez lo hubieran subido ya a bordo del barco. Cuando entré en la tienda del gordinflón, éste estaba tendido sobre sus cojines, y nuevamente me tendía el canasto con frutas. Come, volvió a decir. No tengo hambre, le dije; ¿dónde está? Acababa de echar por la borda el meticuloso plan que había urdido para afrontar el problema. ¿Quién?, inquirió Qarsan, divertido. Lo que habéis capturado, dije; ¿puedo verlo?, improvisé, forzando una infantil curiosidad. El barrigudo me observó mientras se manchaba la barba con el jugo que derramaba la fruta que se había llevado a la boca, con ojos sonrientes. Precisamente por eso te he hecho venir, dijo una asquerosa boca llena de comida.

El detestable Capitán y yo nos encontrábamos frente a la jaula que habían colgado de la gruesa rama de un árbol, cerca del campamento. Con tristeza comprobé que mis sospechas no eran infundadas. Mirón se aferraba a los barrotes, sentado en su celda, dándonos la espalda. Acércate con cuidado, me ordenó el gordinflón. Mientras avanzaba hacia la jaula contuve la respiración, pues no sabía cómo reaccionaría Mirón, preguntándome qué sucedería cuando el barrigudo comprobara que su presa me reconocía al verme. Cuando llegué junto al único amigo que había tenido antes de que apareciese Jacayl, éste giró el cuello y me observó, con la mirada más triste que había visto jamás.

Lo sabía, se vanaglorió el Capitán situándose junto a mí, sonriente; ya os conocíais. Bien, tú serás el encargado de sus cuidados hasta que nos deshagamos de él, sentenció.

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