Relatos Marton

03 Jul RELATOS – MARTON 21: EL DESPERTAR DE LOS GUERREROS

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Relato de Xisco Calafat  / Portada Julio Cesar en Secuestrado por piratas

Llovía.

El cielo se fue ensombreciendo a medida que los gritos se expandían por la playa, hasta cubrir el emplazamiento con amenazadoras nubes negras. Se acercaba el momento; en cuanto la Tempestad se hallará junto al navío de Qarsan, zarparíamos, y Jacayl y yo seríamos conducidos a algún lugar de Hura, donde probablemente pidieran un rescate por ella y quién sabe qué ocurriría conmigo.

Mi barcaza flotaba entonces allá donde el fondo arenoso no acariciaba su casco; la marea había ido subiendo, y el viento había virado en redondo y comenzaba a embravecerse.

Y había algo más. Algo ocurría en el océano. Podía sentirlo.

Tsuo-Po, pensé; se acerca.

Para aquella empresa, encargada de reflotar la barcaza y llevarla junto al lugar en el que aguardaba el navío de Qarsan, el gordinflón había reclutado a nueve imbéciles y un crío de trece años. Uno de aquellos imbéciles era el encargado de vociferar edictos y de no mover un dedo; o así interpretaba su cometido, y lo hacía de un modo poco sutil y muy humillante, utilizando las palabras «holgazanes» y «estúpidos» como cabecillas de todas sus órdenes. El Capitán había adiestrado bien a ese otro miserable.

Cuando el último holgazán subió a bordo de la Tempestad y la barcaza estuvo abarrotada de estúpidos, un rugido hendió el aire, seguido de un breve silencio y una serie de improperios. Al poco, el mar impactó en la proa de la barcaza, encarada ya hacia el océano, elevándola en el primero de los muchos zarandeos a los que estábamos a punto de ser sometidos.

Comenzó a llover con fuerza, y el viento a soplar con violencia; fue como si alguien, de súbito, hubiera enfurecido a los dioses.

El imbécil al mando me puso a cargo de la escota del tormentín, que izamos de inmediato, arriando el resto del velamen. Aunque aquella pequeña vela no iba a sacarnos de allí.

Nada podía sacarnos de allí.

Yo conocía el litoral, y sabía que la única forma que teníamos de abrirnos a alta mar era atravesando un gigantesco monstruo marino al que yo había llamado muro de guerreros en la antigua y prohibida lengua. Ese día se alzaba imponente y aterrador, creciendo más y más a medida que la barcaza saltaba y caía con violencia en cada resto del oleaje que íbamos dejando atrás. Jamás había visto aquella ola tan enfurecida; y, a juzgar por cómo la miraban el resto de estúpidos que, de forma totalmente inconsciente, dirigían la embarcación directa hacia ella, cualquiera diría que tampoco habían visto nada semejante en sus asquerosas vidas de delincuencia marítima.

Cuando el imbécil al mando ordenó virar y poner proa a la zona de la ola más alejada a la rompiente para escapar de la tragedia, lo contradije a voz en grito, consciente del peligro. No habría sido una orden completamente desacertada de no ser porque en el lugar hacia el que nos dirigíamos se ocultaba otra amenaza: afiladas rocas acechaban bajo el agua, quedando parcialmente al descubierto cuando el océano creaba aquella gigantesca montaña marina. No teníamos escapatoria. Íbamos a ser engullidos por la bestia; la más grande y aterradora que se había erigido allí desde mi llegada a Oylhia.

Así que me lancé al mar.

Fue justo antes de que Tsuo-Po cayera sobre la Tempestad. Salté en dirección a ella y buceé, remando con fuerza y sin demasiada convicción, dejando atrás mi recién reparada barcaza y a los estúpidos que la habían llevado hasta aquel fatídico desenlace.

Cuando asomé nuevamente a la superficie, la barcaza había desaparecido. Me concentré en nadar mar adentro para huir de aquel infierno, tratando de ponerme a salvo. No tengo la menor idea de cómo logré escapar de esa bestia, pero juraría que los mismísimos dioses habían tirado de mí hacia arriba con fuerza.

Continué nadando, luchando contra el viento y la furia del océano, hasta que me alejé de la rompiente y alcancé una zona de rocas protegida de las corrientes.

Llegué a la playa exhausto, y, al hacerlo, oteé el océano en busca de imbéciles, pero tan solo encontré el casco de la Tempestad, volteado. Una nueva ola lo arrastró hacia la playa y lo volteó nuevamente, dejándolo del derecho. Unas cuantas olas más y la barcaza volvió a reposar, como había hecho durante tanto tiempo: varada en la playa, sin arboladura y sin imbéciles a bordo.

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