21 Sep RELATOS-MARTON 15: PRISIONERO

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Relato de Xisco Calafat. // Ilustraciones  de Katsushika Hokusai.

 

El sonido de una lluvia cada vez más fuerte camuflaba cualquier otro sonido, así que no escuché el de sus pasos al acercarse. Quienquiera que me estuviera sosteniendo del cuello reía con voz ronca; eso sí lo oí. Al girar la cabeza me encontré con un hombre alto y delgado de pelo negro, lacio y grasiento, que lucía una horrible dentadura amarilla. Cuando traté de zafarme de su presa me soltó un bofetón y una carcajada. Inténtalo de nuevo y te llevas otra, me advirtió.

Me condujo hasta un claro en el que había levantadas varias tiendas. Los hombres iban y venían de aquí para allá, ocupados en infinidad de quehaceres que iban desde la tala de árboles al levantamiento de nuevas tiendas. Cargaban troncos, riendo, gritando o cantando bajo el aguacero. No había ninguna mujer. A medida que mi captor y yo avanzábamos entre ellos detenían brevemente sus faenas para lanzarme miradas curiosas y palabras mordaces. Cuando llegamos a la tienda más grande, el que me había apresado gritó “capitán”, y un áspero “qué” salió de la tienda a modo de respuesta. Hay algo que debería ver, profirió el primero a voz en grito. Un breve instante después, un manotazo apartó las lonas que hacían las veces de puerta, y un gesto de asombro acompañó al barrigudo hombre con barba que asomaba entre las telas.

De pie ya en el interior de la tienda observaba al gordinflón que, sentado sobre una infinidad de pomposos cojines, me ofrecía un canasto con frutas a la luz de algunas velas. Sus ropas eran suntuosas; su semblante, altivo; la estancia, seca bajo la lluvia, recargada en exceso. Aquel opulento capitán gozaba de unos lujos que a sus hombres les eran privados: no estaba empapado por la lluvia, no empuñaba un hacha ni cargaba con el peso de lo que con ella destruían quienes se afanaban por devastar el bosque en el exterior.

Come, dijo; estarás hambriento. El rugido con el que se manifestaron mis tripas había evidenciado mi estado, y el gordinflón no lo pasó por alto; aunque yo, pese al hambre, me negué a aceptar su oferta. Bajé la mirada y guardé silencio. Come, ordenó; comas o no comas, seguirás siendo mi prisionero, y mejor serlo con el estómago lleno. Tenía razón: negándome a comer no iba a lograr que desmontaran las tiendas, me liberaran y se marcharan para no volver jamás. Debía recuperar fuerzas y escapar. Vacilé un instante y alargué el brazo hacia el canasto, y cuando agarré una pieza de fruta el barrigudo estalló en sonoras carcajadas. Veo que te he convencido, añadió, todavía entre risas.

Cuando me preguntó que qué diablos hacía en aquella isla un crío como yo, le respondí que la corriente me había llevado hasta el arrecife semanas atrás, haciéndome naufragar. Me estudiaba de arriba abajo, divertido. ¿Y tus padres?, inquirió. Muertos, respondí. ¿Y tu barco? A punto estuve de mentirle, pero pensé que de poco me serviría y que tan sólo empeoraría las cosas, así que resolví contarle que permanecía varado en una playa, al Sur. Lo sé, respondió con sorna. Ayer a última hora mis hombres lo vieron desde la playa; vamos a sacarlo del agua y a repararlo, y tú vas a ayudarnos, sentenció, sonriente.

En tan sólo unos pocos días aquellas bestias habían arrasado con decenas de árboles, dejando a su paso un paisaje desolador. No lograba comprender para qué querían tanta madera, pero me inquietaba pensar que tal vez tramaran establecer un lugar donde quedarse una larga temporada, y que aquel lugar no fuera otro que Oylhia. La Tempestad tardaría en estar reparada, calculé, pues había sufrido graves daños en su casco y en su arboladura, así que no había duda de que no abandonarían la isla en los próximos días. En silencio y rodeado de patanes ataviados con hachas, cuerdas y herramientas, crucé el bosque en dirección a mi barcaza, dirigiendo alguna mirada furtiva hacia la cima que se vislumbraba entre las copas de los árboles, preguntándome qué suerte correrían Jacayl y Mirón allí arriba.

La lluvia remitía a cada paso que dábamos y cuando llegamos a la playa apenas chispeaba. El horizonte presentaba una línea recta sobre la que ya brillaba un tímido sol y de la que brotaba un arcoíris que se perdía entre las nubes. Ni rastro de Tsuo-Po, pensé. ¡A trabajar, gandules!, bramó el que supuse estaría al mando de aquella campaña, y con aquella orden pasé a formar parte de quienes trabajaban para el Capitán Qarsan, sin tener la más remota idea de a qué se dedicaba su inquietante empresa. Traté de averiguarlo, pero mis preguntas eran aplacadas con gruñidos, bofetones y risotadas. Calla y trabaja, me repetían. Éste no durará mucho, aseguró alguno.

Al ocaso el jefe ordenó dejarlo todo como estaba y regresar al campamento. Yo estaba molido y muerto de hambre, pero no sabía si me darían de comer. Para mi sorpresa, el campamento al que se refería el hombre no era el mismo del que habíamos partido, sino otro más pequeño cerca de la playa. Al acercarnos, el olor a pescado al fuego precedió al bullicio, y, nuevamente para mi sorpresa, me dieron de comer. Aunque desgraciadamente aún quedaba una sorpresa, la que me quitaría finalmente aquellas ganas de comer. He ido al campamento y lo he visto con mis propios ojos, le decía un patán a otro; lo han capturado hoy mismo y el Capitán asegura que nos darán una fortuna por él.

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